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domingo, 2 de marzo de 2014

UN POQUITO DE HUMORRRRR.


 EL DOCTOR

El día que terminé mi formación como médico, fue uno de los más felices de mi vida y cuando me destinaron a ejercer de médico rural, me alegré mucho; me gustaba el campo y sus gentes y vivir entre ellos, me devolvía a mis raíces.

En mi vida había oído el nombre del pequeño pueblo a donde fui destinado. Borujos del Tremedal, pueblo de unos mil habitantes, había sido hasta hacía poco, uno más de los pueblos perdidos de España, pero quiso la suerte, que una carretera general de nuevo diseño, lo pusiera en el mapa. Con la nueva vía llegó el progreso y con él, nuevos negocios; gasolinera, área de servicio, restaurantes, etc.

A mi llegada al pueblo me dio la bienvenida la vecina que cuidaba del pequeño dispensario del lugar

 ─ Señor doctor, sea bienvenido. Nicanora Cienfuegos, pa lo que usted guste mandar.─ me dijo una enjuta aldeana de mediana edad, cuyas señas más características, eran su negro atuendo y su pequeño rodete en la nuca.

Pronto fui informado por la señora Nicanora, más conocida por “la Penarlas”, viuda del “Pernales” que, de hecho, pasó a ser mi factótum, de las costumbres más acendradas de la villa y de lo mucho que me convenía respetarlas, más que nada, para ganarme la aceptación de los vecinos, bastante reticentes a la medicina convencional.

Apenas llevaba media hora en el pueblo e intentaba organizar la que sería mi casa y mi consulta, cuando vi invadido el pequeño recinto que hacía de sala de espera, por varios vecinos que rivalizaban entre ellos para ser los primeros en ser recibidos.

─ Nicanora, dile al doctor, que don Evaristo Gordillo quiere verle─ decía un relamido individuo a mi ayudante.

─ Tú te esperas “Burdeles” que yo he llegado antes─ le increpaba acaloradamente un enjuto hombrecillo, con un pañuelo palestino en el cuello.

─ ¡A mí no me llames “Burdeles”!  Para ti soy el señor Gordillo, so cafre, que eres un cafre.

─ Señor Gordillo, señor Gordillo; si antes de montar el puticlub te quitabas el hambre a manotazos…Te crees muy importante ¿verdad? pero yo te conozco de siempre, fantasmón que eres un fantasmón

─Haya paz señores, haya paz─ dije interviniendo ante el cariz que tomaba la trifulca─. Soy el doctor Aniceto Ortuño ¿Qué se les ofrece?

─ ¡Querido doctor! encantado de conocerle. Soy Evaristo Gordillo y me gustaría hablar un momento con usted.

─ Por supuesto, pase usted─ dije mientras estrechaba la blanda y sudorosa mano que el individuo me tendía. 

─ Pues verá usted doctor, quería ponerme a su disposición para cualquier cosa que necesite. Como podrá comprobar, soy un hombre acomodado y tengo influencias que puede necesitar y será para mí un placer ayudarle. ─dijo el melifluo individuo moviendo su gordezuela mano, para mostrar el enorme reloj de oro, que llevaba en la muñeca─. Y a ese que espera, mejor que no le trate mucho. Es un comunista perdido, con decirle que en el pueblo le llamamos “el Stalin”.

Evaristo, me cayó mal. Su atuendo pretencioso en plan señorito andaluz y su engominado pelo, me causó repulsión. Su untuosidad pegajosa y su fofa mano, me dieron asco, pero era un vecino a tener en cuenta y procuré ser cortés. Le seguí un poco la corriente y le guié hasta la puerta, donde él, me tendió de nuevo su mano y una tarjeta de visita.

─ Aquí le dejo la dirección de mi negocio por si le apetece darse una vuelta. Le gustará seguro; tengo las mejores “azafatas” de la región y le harían trato de favor ─ dijo con ojos libidinosos.

Gordillo’s Club, leí con sorpresa en la tarjeta. ¡El individuo me daba la dirección de su “negocio”! Apenas me lo podía creer.

No tuve tiempo de más, pues a continuación, irrumpió “el Stalin”, que cogió mi mano con fuerza y me la estrechó enérgicamente.

─ No sé lo que le habrá dicho “el Burdeles” pero to es mentira ¿A que le ha dicho que no trate conmigo? ¡Es un “facha sinvergüenza”! Va de bueno y decente y en realidad es un guarro. Antes era más pobre que las ratas, pero montó el puticlub y ya se sabe…eso da mucho dinero. Yo soy pobre porque no me vendo. Estoy contra todo y contra todos; me llamo Celedonio Requejo, comunista de los de verdad, soy maoísta- estalinista, ya se lo digo to. Ahora, eso sí; cuando manden los míos… el puticlub me lo quedo yo. Es que… el único defecto que tengo, es que me gustan muchos las mujeres ¿Sabe usted?

─ ¿No está usted casado?─ le pregunté cortésmente.

─ Siiii, con “la Chelo”, y tengo nueve hijos; uno por año. Pero es que a la parienta la tengo siempre preñá, por eso tengo que buscar alivio en otros sitios…ya me entiende.

Ardua labor me esperaba, a tenor de la representación de fuerzas vivas, que me habían dado la bienvenida. Un poco preocupado, pregunté a Nicanora la conveniencia de evitar el trato con semejantes personajes, a lo que ella me respondió.

─ Ni se le ocurra don Aniceto, aunque usted no se lo crea, son los que mandan en el pueblo. Eso sí, evite hablar de política y cuando “la Chelo” le mande llamar para dar a luz, no se extrañe de encontrar un cuchillo debajo de la almohada; es costumbre en el pueblo hacerlo así, porque el dolor se parte en dos ¿sabe? Yo lo hice cuando parí a mi Nicanor y…funciona.

─ Lo que usted diga Nicanora, lo que usted diga ─ dije mientras me tomaba dos aspirina.

lunes, 17 de febrero de 2014

EL COMPLEJO DE EDIPO



El día que mi suegra, Pura, se murió, un hondo suspiro de alivio salió de mi pecho. Lo dejé escapar cuando Cosme, mi marido, no me miraba. Hubiera sido terrible que se diera cuenta de mi alegría en un momento como aquel. Nuestro matrimonio había sido un calvario por la presencia constante en nuestra vida, de la meticona de doña Pura, una madre chapada a la antigua que, había criado a su único hijo con un complejazo de Edipo de no te menees.  Lo que yo llevaba pasado, solo Dios lo sabe. Ni siquiera entiendo como aguanté tantos años a su lado.
─ Mi madre guisa mejor que tú. Sus albóndigas son insuperables y su ensaladilla rusa…ummmm ¡una delicia! Y las croquetas ¡Ay! las croquetas.  La camisa no está bien planchada, me has hecho dos marcas…. llama a mi madre para que te enseñe. Etc.
 

Siete años con el mismo sonsonete, siete años de aguantar las ganas de mandarle a él, y a su madre, a hacer puñetas y mira por donde, un día se queda dormida y ya no despierta. ¡Dios es justo!─ pensé dándole gracias.
Mi marido lloró a moco tendido durante un mes entero y le guardó luto muchos más, pero yo, me quedé en la gloria. Cuando Cosme se recuperó un poco, hubo que recoger las pertenencias de la difunta de su pisito y haciendo de tripas corazón, le ayudé en la tarea, más que nada, para evitar que me llenara la casa de trastos.
Pude conseguir que no se quedara con la ropa, ni los horrorosos muebles, pero no pude evitar que el retrato de doña Pura, presidiera a partir de aquel día mi salón. Estaba horrorosa; delgadita y arrugada como una pasa, vestida de negro, con su alto moñete y sus crueles ojillos que miraras desde donde miraras, siempre me miraba a mí. Cada vez que pasaba por delante, me daba un repelús y últimamente, se me había metido en la cabeza la idea de que el retrato movía los ojos. ¿Estaría volviéndome loca?

Mis sospechas se convirtieron en certeza cuando mi marido empezó a interrogarme cada día acerca de mis actividades de la jornada. El día que me quedé mirando el trasero del repartidor de butano con ojos admirativos, Cosme lo supo. ¿Y quién se lo había podido decir, si allí no estábamos más que el retrato y yo? Y el día que le puse albóndigas congeladas, harta de que me las comparara con las de la difunta, también lo supo.
─Que pasa contigo ¿no has tenido tiempo de preparar la comida y me pones congelados? Mi madre jamás hizo algo parecido.─ me dijo con la cara congestionada.
Un día, harta de que los ojos de la difunta me siguieran por toda la casa, tapé el cuadro con un trapo negro hasta que llegó Cosme. Bueno, pues lo supo. Él no sabía cómo decírmelo e intentó contar una historia increíble, pero yo sabía que mentía, pues el día que quise darle un beso delante del cuadro, se puso rojo como la grana y me esquivó. Y yo creo que hasta oí el gruñido de disgusto que emitía mi suegra, cada vez que yo le hacía a Cosme algún arrumaco.

¡Con que esas tenemos! No he tenido bastante con aguantarla en vida, sino que también voy a soportarla muerta. ¡De eso nada!
Intenté que mi marido le perdiera el miedo, pero no hubo forma. Él, no consentía besarme ni hacerme el amor en ningún rincón de la casa, salvo en el dormitorio y eso que, yo le provocaba a conciencia, poniéndome atrevidos picardías y adoptando posturitas incitantes, justo en el sofá del salón debajo del cuadro de su madre.
Después empecé a creer que la casa entera estaba embrujada. La almohada que teníamos en la cama, era de su madre y no hubo forma de disuadirle de que dejáramos de usarla. Era nuevecita, de visco látex,  pero no sé porque, me daba muy mal fario. Era como si hurgara en mi mente. ¡Porque vamos a ver! ¿Cómo puede explicarse, que mi marido supiera lo que yo pensaba, cuando hacíamos el amor? El día que estuve pensando en Richard Gere, la almohada se lo chivó.
─ ¿En quien pensabas anoche cuando…ya sabes?─ preguntó con retintín.
─ En ti mi amor ¿En quién iba a pensar? ─mentí descaradamente.
─Pues yo creo que estabas con Richard Gere…no sé por qué será.
─ ¡Bruja!─ insulté a la difunta con todas mis fuerzas─. Te vas a enterar de lo que soy capaz.


Decidí llamar a mi prima Celedonia que era vidente, para que me ayudara a desenmascarar a la difunta; todo a espaldas de Cosme, naturalmente. En cuanto ella entró en la casa un viento helado nos recorrió la espalda y eso, que era verano y el viejo transistor de doña Pura que estaba en una estantería, se puso a funcionar. Intenté apagarlo pero no pude y él solito, cambiaba de una emisora a otra, pero pusiera la que pusiera, siempre se oía la misma canción. “Donde estará mi carro” de Manolo Escobar, la preferida de mi suegra. Terminé estrellando el trasto, contra la pared.
La prima Celedonia me confirmó que el maléfico espíritu de la difunta, se había adueñado de la casa y que sería difícil acabar con él, salvo que hiciera desaparecer los objetos que le habían pertenecido. Entonces decidí darle un ultimátum a Cosme y toda campanuda, le insté a que escogiera; o yo, o los recuerdos de su madre.
Perdí, y él prefirió seguir con su retrato y su almohada y abandonarme a mí. Salió de mi casa con ambos bajo el brazo y una vez desaparecidos, la paz volvió a reinar en ella.  No lo sentí demasiado; la verdad. El butanero me había guiñado un ojo vario veces y pronto me subió algo más que el butano. Claro que, lo primero que le pregunté, es si tenía madre y si era hijo único.

─Tranquila Lola,  que mi madre vive en Almendralejo con mi hermana y no le gusta Madrid.

Debo decir que ahora beso a mi chico donde me apetece y los únicos ojos que me siguen en mi casa, son los suyos.
 
FIN