lunes, 5 de mayo de 2014

LAS DETECTIVES RETORTILLO- Capítulo 17


Queridos lectores: aquí os dejo un capítulo de mi nueva novela. Espero que despierte vuestro interés y la compréis. Os recuerdo que está a la venta en librerías previo encargo y en la página web de la Editorial United p.c. Así mismo se encuentra a la venta on line en Amazon.com.
 

Purita Umbría estaba dedicada en cuerpo y alma a facilitar lo antes posible el tránsito de su señora desde esta vida a la otra. Fiel a sus planes meticulosamente trazados, agasajaba a la anciana día y noche, sin darle ni el más mínimo motivo de disgusto. La pobre señora, que había caído en picado y presentaba un delicado estado de salud, agradecía aquellas atenciones y mimos de su sirvienta; eran un bálsamo para su soledad y su actual situación de desamparo. Nadie que la hubiera conocido en el pasado hubiera podido reconocerla en los últimos tiempos. Había perdido mucho peso y su espalda encorvada, piel translúcida, pelo blanco y aspecto desmejorado vaticinaban un cercano final.
Don Evaristo, el joven doctor que sustituyó al anterior, no podía entender qué mal la aquejaba, dado que sus extraños episodios lo tenían desorientado y no conseguía identificar los síntomas que padecía. La apatía y falta de apetito eran las características fundamentales de la enfermedad, alternadas en corto espacio de tiempo con fuertes episodios de diarreas y vómitos. Así llevaba más de un año y el buen hombre no conseguía dar con el tónico adecuado para regular su caprichoso organismo. Muy preocupado por el deterioro de su salud, le propuso su ingreso en una clínica, para ser alimentada por vía parenteral, ya que era la única solución viable, según su docta opinión.
Doña María no quiso oír hablar de ello y dejó muy claro que no saldría de su casa bajo ningún concepto.
—Señora, debería usted dejar que la traslademos; allí le harán pruebas y análisis que yo aquí no le puedo realizar —decía don Evaristo, con su infinita paciencia.
—¡Quite, quite! —decía tozudamente—. Yo no salgo de mi casa; lo que tenga que ser, será.
—¡Pero mujer, puede usted mejorar y ponerse buena en cuanto averigüemos lo que le pasa! ¿Por qué no accede a ir unos días?
—Mire, don Evaristo —dijo la señora mirándolo fijamente con sus dulces ojos—. Ya he vivido más que suficiente, no pasa nada si me muero.
Purita, que asistía en silencio a la entrevista con el doctor, dejó escapar unas furtivas lágrimas acompañadas de un sonoro sorbetón de nariz, lo que hizo que ambos la miraran con afecto y ternura.
—¡Cómo quiere la sirvienta a su señora! Es conmovedor —pensó el galeno.
—¡Ande, ande…, deje ya el tema! Mire lo que hemos conseguido. ¡Pobre Purita! —dijo la enferma—. Anda, niña, vete a prepararme un caldo de esos que tan bien te salen y tráeme una tacita —ordenó amorosamente la señora—. Y de paso, llévale otro a Fidela, que te lo agradecerá.
—Sí, señora —contestó la muchacha mansamente.
Una vez en la cocina y cuando estuvo segura de que nadie la veía, Purita avivó el fuego en el que ya cocía una olla con trozos de pollo, un buen pedazo de jamón, ajos, cebolla y algunas verduras y lo llevó a ebullición fuerte, después de haberlo tenido un buen rato a fuego lento. Cuando ya el rico olorcillo impregnaba toda la estancia, comprobó que estaba a punto de sal y se dispuso a llenar dos grandes tazones con el exquisito brebaje.
Una vez llenos los recipientes, añadió un chorrito de aromático vino de jerez y una pizca de algo que sacó del bolsillo de su delantal y que guardaba dentro de un frasquito de cristal. A continuación, se dispuso a servirlo a las dos ancianas. Tuvo especial cuidado de que quedara caldo suficiente para ella y también pensó astutamente ofrecerle una taza al joven doctor.
Sirvió primero a la señora, que le agradeció la prontitud con una sonrisa, y ofreció otra taza a don Evaristo, que había prolongado su visita conversando animadamente con doña María.
—¿Le traigo una tacita, doctor?
—Ah, pues muchas gracias; se lo acepto encantado
—contestó el galeno agradablemente sorprendido—. Tiene usted una joya en casa con esta muchacha —co­men­tó el buen hombre.
—Sí, sí que la tengo —agregó doña María henchida de satisfacción.
Purita regresó a la cocina, donde preparó otra taza de caldo, al que añadió un generoso chorro de jerez, y se lo sirvió con diligencia. Eran las doce del mediodía y el apetito corroía el estómago del vigoroso doctor. Bebió su caldo con deleite y se puso en pie dispuesto a marcharse. Antes de irse, comprobó con afecto cómo la enferma degustaba su ración y un imperceptible arrebol daba vida a sus mejillas con la ingesta del vivificante brebaje.
Cuando el galeno se marchó, Purita se dirigió hacia el emparrado, donde Fidela entretenía su tiempo desgranando unas judías.
—¿Qué quieres? —preguntó la anciana, que últimamente veía poco.
—Le traigo un caldito, Fidela.
—Gracias, hija, me viene muy bien.
Nadie que hubiera presenciado la secuencia hubiera podido sospechar, dada la actitud de la sirvienta, que en los tazones, bien camuflado y diluido en el caldo, iba una buena dosis de arsénico.
—¡Moríos ya! —mascullaba Purita mientras las servía.
No obstante, sus deseos no se cumplían con la rapidez que ella anhelaba y esto le hacía impacientarse. El matarratas se le estaba acabando y aquellos dos vejestorios no acababan de morirse.
—Tendré que volver otra vez a la choza de Eusebio—pensaba.
Purita había empezado a suministrar a su señora pequeñísimas dosis del veneno sustraído. Pensó que apenas lo notaría, pues ella ya padecía de fuertes problemas estomacales. Un poquito de aquello mezclado con la comida… no levantaría sospechas. No obstante, a última hora, decidió incluir a Fidela, de la que estaba más que harta. Era una temeridad y algunas veces le asustaba pensar que alguien la descubriera; pero era superior a sus fuerzas aguantar a las dos mujeres y pensar, sólo pensar que tuviera que hacerse cargo de la vieja doncella una vez desapareciera la dueña de la casa, como así estipulaba el testamento de la misma, la ponía frenética.
Cuando las dos desaparecieran, la suma que heredaría sería más que suficiente para hacer lo que le viniera en gana el resto de sus días. Merecía la pena arriesgarse.
El estado de salud de doña María sufría constantes altibajos perfectamente calculados por la fría mente de Purita, que se había documentado bien de los efectos que el veneno produciría en su organismo. A fuer de leer y releer un pequeño librito que encontró por casualidad en la bien surtida biblioteca de la casa, era ya una experta en la sintomatología que experimentarían las personas que ingirieran el compuesto. Supo por el pequeño manual que el arsénico se va acumulando en el organismo y lo va minando hasta la muerte de la persona. Prácticamente los síntomas que producía eran los mismos que ya sufría la enferma antes de tomarlo, por lo que sería muy extraño que llamara la atención del doctor. A pesar de ello, sufrió un gran sobresalto cuando oyó al galeno aconsejar a doña María que ingresara en un hospital, para someterse a otros estudios más pormenorizados y a una opinión más cualificada.
«Tengo que ir con mucho cuidado», pensaba constantemente. Fue entonces cuando decidió administrarle a Fidela su pequeña ración de veneno. Si enfermaban las dos con un intervalo en el tiempo, a nadie se le podría pasar por la cabeza que allí había algo raro; más bien pensarían que la una había contagiado a la otra.
El veneno se hizo notar con prontitud en el debilitado organismo de doña María, pero en Fidela no producía el menor síntoma. Sigilosamente, la espiaba para comprobar que se tomaba los alimentos que ella le preparaba, convenientemente mezclados con el tóxico. La mujer apuraba hasta la última gota de caldos y pucheros, con apetito y deleite, dejando atónita a Purita, que decidió, ante la resistencia de la anciana, volver a la choza a llevarse más veneno y doblarle la dosis. La mujer resistía como si de un nuevo Rasputín se tratara y engullía el veneno sin que le hiciera el menor efecto.
Purita apuró en un corto espacio de tiempo el matarratas sustraído y se encontró en la disyuntiva de dejar de administrarlo, cosa impensable si quería que sus planes se hicieran realidad, o acudir al chamizo del siniestro Eusebio. Si saber por qué, los vellos se le erizaban sólo de pensarlo. ¿Y si la sorprendía en plena noche? ¿Qué excusa pondría? Intentó desechar los malos presagios que de forma tozuda luchaban para instalarse en su cabeza y respirando profundamente, se dijo para sí: «Nada ni nadie me harán desistir de mis planes; esta noche iré».
Una vez tomada la decisión, Purita emprendió una frenética actividad encaminada en gran parte a tener la mente ocupada y no pensar más en lo que tanto le preocupaba.
A la llegada de la noche, sirvió la cena y, bien disuelta en la sopa que sirvió, una buena dosis de somnífero, como hacia siempre que quería dejar a las dos ancianas profundamente dormidas. Sin el menor atisbo de piedad para ellas, que estaban totalmente a su merced, las dejó tendidas en sus camas y cerró las puertas con llave. Ni siquiera se molestó en pensar que alguna podría necesitar algo durante la noche y no podría salir de su dormitorio. La impunidad con la que jugaba con sus vidas, el sentimiento de odio injustificado, de envidia malsana y el desprecio por su decrepitud aumentaban su osadía, hasta el extremo que, de no ocurrir un imprevisto, auguraba la pronta desaparición de ambas.
Cuando dieron las dos de la madrugada, salió sigilosamente de la casa por la puerta trasera. Iba envuelta en negros ropajes, que mimetizaban y confundían perfectamente su silueta con la negritud de la noche. No había luna y la oscuridad lo invadía todo con su negro manto. Un escalofrío recorrió su espalda cuando se aproximaba a la huerta de los Moreno.
—¿Qué me pasa esta noche? —se dijo mientras se pasaba la lengua por los resecos labios—. Estoy asustada. ¡Ojalá que todo salga bien!
Al llegar a la esquina colindante de la finca Bujedos con la de los Moreno, se paró en seco mientras trataba de serenar los latidos de su corazón; allí, debajo de las frondosas ramas de un membrillero, camuflada entre el espeso follaje, intentó reunir fuerzas para terminar su misión. A duras penas consiguió templar sus nervios, y respirando profundamente, empezó a subir el balate, que hacía de lindero natural. Esperó un poco mientras agudizaba la vista y el oído, intentando ver u oír algo, pero todo estaba en silencio. Envalentonada por la quietud que rodeaba el lugar, siguió avanzando hasta la entrada de la choza, camuflada debajo del parral y una copuda higuera. Agachó la cabeza para entrar y entonces fue cuando sintió que algo la golpeaba contundentemente. Después, nada…