lunes, 5 de mayo de 2014

LAS DETECTIVES RETORTILLO- Capítulo 17


Queridos lectores: aquí os dejo un capítulo de mi nueva novela. Espero que despierte vuestro interés y la compréis. Os recuerdo que está a la venta en librerías previo encargo y en la página web de la Editorial United p.c. Así mismo se encuentra a la venta on line en Amazon.com.
 

Purita Umbría estaba dedicada en cuerpo y alma a facilitar lo antes posible el tránsito de su señora desde esta vida a la otra. Fiel a sus planes meticulosamente trazados, agasajaba a la anciana día y noche, sin darle ni el más mínimo motivo de disgusto. La pobre señora, que había caído en picado y presentaba un delicado estado de salud, agradecía aquellas atenciones y mimos de su sirvienta; eran un bálsamo para su soledad y su actual situación de desamparo. Nadie que la hubiera conocido en el pasado hubiera podido reconocerla en los últimos tiempos. Había perdido mucho peso y su espalda encorvada, piel translúcida, pelo blanco y aspecto desmejorado vaticinaban un cercano final.
Don Evaristo, el joven doctor que sustituyó al anterior, no podía entender qué mal la aquejaba, dado que sus extraños episodios lo tenían desorientado y no conseguía identificar los síntomas que padecía. La apatía y falta de apetito eran las características fundamentales de la enfermedad, alternadas en corto espacio de tiempo con fuertes episodios de diarreas y vómitos. Así llevaba más de un año y el buen hombre no conseguía dar con el tónico adecuado para regular su caprichoso organismo. Muy preocupado por el deterioro de su salud, le propuso su ingreso en una clínica, para ser alimentada por vía parenteral, ya que era la única solución viable, según su docta opinión.
Doña María no quiso oír hablar de ello y dejó muy claro que no saldría de su casa bajo ningún concepto.
—Señora, debería usted dejar que la traslademos; allí le harán pruebas y análisis que yo aquí no le puedo realizar —decía don Evaristo, con su infinita paciencia.
—¡Quite, quite! —decía tozudamente—. Yo no salgo de mi casa; lo que tenga que ser, será.
—¡Pero mujer, puede usted mejorar y ponerse buena en cuanto averigüemos lo que le pasa! ¿Por qué no accede a ir unos días?
—Mire, don Evaristo —dijo la señora mirándolo fijamente con sus dulces ojos—. Ya he vivido más que suficiente, no pasa nada si me muero.
Purita, que asistía en silencio a la entrevista con el doctor, dejó escapar unas furtivas lágrimas acompañadas de un sonoro sorbetón de nariz, lo que hizo que ambos la miraran con afecto y ternura.
—¡Cómo quiere la sirvienta a su señora! Es conmovedor —pensó el galeno.
—¡Ande, ande…, deje ya el tema! Mire lo que hemos conseguido. ¡Pobre Purita! —dijo la enferma—. Anda, niña, vete a prepararme un caldo de esos que tan bien te salen y tráeme una tacita —ordenó amorosamente la señora—. Y de paso, llévale otro a Fidela, que te lo agradecerá.
—Sí, señora —contestó la muchacha mansamente.
Una vez en la cocina y cuando estuvo segura de que nadie la veía, Purita avivó el fuego en el que ya cocía una olla con trozos de pollo, un buen pedazo de jamón, ajos, cebolla y algunas verduras y lo llevó a ebullición fuerte, después de haberlo tenido un buen rato a fuego lento. Cuando ya el rico olorcillo impregnaba toda la estancia, comprobó que estaba a punto de sal y se dispuso a llenar dos grandes tazones con el exquisito brebaje.
Una vez llenos los recipientes, añadió un chorrito de aromático vino de jerez y una pizca de algo que sacó del bolsillo de su delantal y que guardaba dentro de un frasquito de cristal. A continuación, se dispuso a servirlo a las dos ancianas. Tuvo especial cuidado de que quedara caldo suficiente para ella y también pensó astutamente ofrecerle una taza al joven doctor.
Sirvió primero a la señora, que le agradeció la prontitud con una sonrisa, y ofreció otra taza a don Evaristo, que había prolongado su visita conversando animadamente con doña María.
—¿Le traigo una tacita, doctor?
—Ah, pues muchas gracias; se lo acepto encantado
—contestó el galeno agradablemente sorprendido—. Tiene usted una joya en casa con esta muchacha —co­men­tó el buen hombre.
—Sí, sí que la tengo —agregó doña María henchida de satisfacción.
Purita regresó a la cocina, donde preparó otra taza de caldo, al que añadió un generoso chorro de jerez, y se lo sirvió con diligencia. Eran las doce del mediodía y el apetito corroía el estómago del vigoroso doctor. Bebió su caldo con deleite y se puso en pie dispuesto a marcharse. Antes de irse, comprobó con afecto cómo la enferma degustaba su ración y un imperceptible arrebol daba vida a sus mejillas con la ingesta del vivificante brebaje.
Cuando el galeno se marchó, Purita se dirigió hacia el emparrado, donde Fidela entretenía su tiempo desgranando unas judías.
—¿Qué quieres? —preguntó la anciana, que últimamente veía poco.
—Le traigo un caldito, Fidela.
—Gracias, hija, me viene muy bien.
Nadie que hubiera presenciado la secuencia hubiera podido sospechar, dada la actitud de la sirvienta, que en los tazones, bien camuflado y diluido en el caldo, iba una buena dosis de arsénico.
—¡Moríos ya! —mascullaba Purita mientras las servía.
No obstante, sus deseos no se cumplían con la rapidez que ella anhelaba y esto le hacía impacientarse. El matarratas se le estaba acabando y aquellos dos vejestorios no acababan de morirse.
—Tendré que volver otra vez a la choza de Eusebio—pensaba.
Purita había empezado a suministrar a su señora pequeñísimas dosis del veneno sustraído. Pensó que apenas lo notaría, pues ella ya padecía de fuertes problemas estomacales. Un poquito de aquello mezclado con la comida… no levantaría sospechas. No obstante, a última hora, decidió incluir a Fidela, de la que estaba más que harta. Era una temeridad y algunas veces le asustaba pensar que alguien la descubriera; pero era superior a sus fuerzas aguantar a las dos mujeres y pensar, sólo pensar que tuviera que hacerse cargo de la vieja doncella una vez desapareciera la dueña de la casa, como así estipulaba el testamento de la misma, la ponía frenética.
Cuando las dos desaparecieran, la suma que heredaría sería más que suficiente para hacer lo que le viniera en gana el resto de sus días. Merecía la pena arriesgarse.
El estado de salud de doña María sufría constantes altibajos perfectamente calculados por la fría mente de Purita, que se había documentado bien de los efectos que el veneno produciría en su organismo. A fuer de leer y releer un pequeño librito que encontró por casualidad en la bien surtida biblioteca de la casa, era ya una experta en la sintomatología que experimentarían las personas que ingirieran el compuesto. Supo por el pequeño manual que el arsénico se va acumulando en el organismo y lo va minando hasta la muerte de la persona. Prácticamente los síntomas que producía eran los mismos que ya sufría la enferma antes de tomarlo, por lo que sería muy extraño que llamara la atención del doctor. A pesar de ello, sufrió un gran sobresalto cuando oyó al galeno aconsejar a doña María que ingresara en un hospital, para someterse a otros estudios más pormenorizados y a una opinión más cualificada.
«Tengo que ir con mucho cuidado», pensaba constantemente. Fue entonces cuando decidió administrarle a Fidela su pequeña ración de veneno. Si enfermaban las dos con un intervalo en el tiempo, a nadie se le podría pasar por la cabeza que allí había algo raro; más bien pensarían que la una había contagiado a la otra.
El veneno se hizo notar con prontitud en el debilitado organismo de doña María, pero en Fidela no producía el menor síntoma. Sigilosamente, la espiaba para comprobar que se tomaba los alimentos que ella le preparaba, convenientemente mezclados con el tóxico. La mujer apuraba hasta la última gota de caldos y pucheros, con apetito y deleite, dejando atónita a Purita, que decidió, ante la resistencia de la anciana, volver a la choza a llevarse más veneno y doblarle la dosis. La mujer resistía como si de un nuevo Rasputín se tratara y engullía el veneno sin que le hiciera el menor efecto.
Purita apuró en un corto espacio de tiempo el matarratas sustraído y se encontró en la disyuntiva de dejar de administrarlo, cosa impensable si quería que sus planes se hicieran realidad, o acudir al chamizo del siniestro Eusebio. Si saber por qué, los vellos se le erizaban sólo de pensarlo. ¿Y si la sorprendía en plena noche? ¿Qué excusa pondría? Intentó desechar los malos presagios que de forma tozuda luchaban para instalarse en su cabeza y respirando profundamente, se dijo para sí: «Nada ni nadie me harán desistir de mis planes; esta noche iré».
Una vez tomada la decisión, Purita emprendió una frenética actividad encaminada en gran parte a tener la mente ocupada y no pensar más en lo que tanto le preocupaba.
A la llegada de la noche, sirvió la cena y, bien disuelta en la sopa que sirvió, una buena dosis de somnífero, como hacia siempre que quería dejar a las dos ancianas profundamente dormidas. Sin el menor atisbo de piedad para ellas, que estaban totalmente a su merced, las dejó tendidas en sus camas y cerró las puertas con llave. Ni siquiera se molestó en pensar que alguna podría necesitar algo durante la noche y no podría salir de su dormitorio. La impunidad con la que jugaba con sus vidas, el sentimiento de odio injustificado, de envidia malsana y el desprecio por su decrepitud aumentaban su osadía, hasta el extremo que, de no ocurrir un imprevisto, auguraba la pronta desaparición de ambas.
Cuando dieron las dos de la madrugada, salió sigilosamente de la casa por la puerta trasera. Iba envuelta en negros ropajes, que mimetizaban y confundían perfectamente su silueta con la negritud de la noche. No había luna y la oscuridad lo invadía todo con su negro manto. Un escalofrío recorrió su espalda cuando se aproximaba a la huerta de los Moreno.
—¿Qué me pasa esta noche? —se dijo mientras se pasaba la lengua por los resecos labios—. Estoy asustada. ¡Ojalá que todo salga bien!
Al llegar a la esquina colindante de la finca Bujedos con la de los Moreno, se paró en seco mientras trataba de serenar los latidos de su corazón; allí, debajo de las frondosas ramas de un membrillero, camuflada entre el espeso follaje, intentó reunir fuerzas para terminar su misión. A duras penas consiguió templar sus nervios, y respirando profundamente, empezó a subir el balate, que hacía de lindero natural. Esperó un poco mientras agudizaba la vista y el oído, intentando ver u oír algo, pero todo estaba en silencio. Envalentonada por la quietud que rodeaba el lugar, siguió avanzando hasta la entrada de la choza, camuflada debajo del parral y una copuda higuera. Agachó la cabeza para entrar y entonces fue cuando sintió que algo la golpeaba contundentemente. Después, nada…

domingo, 30 de marzo de 2014

LAS DETECTIVES RETORTILLO





 
¿Qué está sucediendo en el precioso pueblo donde nunca pasa nada? ¿Por qué últimamente todos los males se ciernen sobre él y sus gentes? Un exhibicionista que aterroriza a las niñas, una misteriosa desaparición y el brutal asesinato de la hermosa Angelita traen en jaque a la Guardia Civil, que se ve impotente para descubrir a los culpables, mientras un inocente se pudre en la cárcel, pagando por un crimen que no cometió.  El sargento Colomera está convencido de que se ha cometido un error judicial y que el verdadero asesino aún anda suelto y está firmemente decidido a demostrarlo. Pero solo la intervención de las hermanas Retortillo, dos lugareñas ignorantes y zafias, con una gran perspicacia y sagacidad, logra reconducir la investigación y desenmascarar a los verdaderos culpables.


Tengo el placer de comunicaros la publicación de mi novela "Las detectives Retortillo" un thriller ambientado en un pequeño pueblo  andaluz. 650 páginas de intriga y misterio, amenizadas por unos peculiares personajes. Si alguno estáis interesado en conseguirlo, podéis solicitarlo en librerías o en la misma Editorial oficina@united-pc.eu. O bien a través de la página web http://www.united-pc.eu/. Dentro de unos días también estará a la venta on line en Amazon.com para Inglaterra y EE.UU.

Espero que os guste.
Un saludo y feliz semana.
       

domingo, 2 de marzo de 2014

UN POQUITO DE HUMORRRRR.


 EL DOCTOR

El día que terminé mi formación como médico, fue uno de los más felices de mi vida y cuando me destinaron a ejercer de médico rural, me alegré mucho; me gustaba el campo y sus gentes y vivir entre ellos, me devolvía a mis raíces.

En mi vida había oído el nombre del pequeño pueblo a donde fui destinado. Borujos del Tremedal, pueblo de unos mil habitantes, había sido hasta hacía poco, uno más de los pueblos perdidos de España, pero quiso la suerte, que una carretera general de nuevo diseño, lo pusiera en el mapa. Con la nueva vía llegó el progreso y con él, nuevos negocios; gasolinera, área de servicio, restaurantes, etc.

A mi llegada al pueblo me dio la bienvenida la vecina que cuidaba del pequeño dispensario del lugar

 ─ Señor doctor, sea bienvenido. Nicanora Cienfuegos, pa lo que usted guste mandar.─ me dijo una enjuta aldeana de mediana edad, cuyas señas más características, eran su negro atuendo y su pequeño rodete en la nuca.

Pronto fui informado por la señora Nicanora, más conocida por “la Penarlas”, viuda del “Pernales” que, de hecho, pasó a ser mi factótum, de las costumbres más acendradas de la villa y de lo mucho que me convenía respetarlas, más que nada, para ganarme la aceptación de los vecinos, bastante reticentes a la medicina convencional.

Apenas llevaba media hora en el pueblo e intentaba organizar la que sería mi casa y mi consulta, cuando vi invadido el pequeño recinto que hacía de sala de espera, por varios vecinos que rivalizaban entre ellos para ser los primeros en ser recibidos.

─ Nicanora, dile al doctor, que don Evaristo Gordillo quiere verle─ decía un relamido individuo a mi ayudante.

─ Tú te esperas “Burdeles” que yo he llegado antes─ le increpaba acaloradamente un enjuto hombrecillo, con un pañuelo palestino en el cuello.

─ ¡A mí no me llames “Burdeles”!  Para ti soy el señor Gordillo, so cafre, que eres un cafre.

─ Señor Gordillo, señor Gordillo; si antes de montar el puticlub te quitabas el hambre a manotazos…Te crees muy importante ¿verdad? pero yo te conozco de siempre, fantasmón que eres un fantasmón

─Haya paz señores, haya paz─ dije interviniendo ante el cariz que tomaba la trifulca─. Soy el doctor Aniceto Ortuño ¿Qué se les ofrece?

─ ¡Querido doctor! encantado de conocerle. Soy Evaristo Gordillo y me gustaría hablar un momento con usted.

─ Por supuesto, pase usted─ dije mientras estrechaba la blanda y sudorosa mano que el individuo me tendía. 

─ Pues verá usted doctor, quería ponerme a su disposición para cualquier cosa que necesite. Como podrá comprobar, soy un hombre acomodado y tengo influencias que puede necesitar y será para mí un placer ayudarle. ─dijo el melifluo individuo moviendo su gordezuela mano, para mostrar el enorme reloj de oro, que llevaba en la muñeca─. Y a ese que espera, mejor que no le trate mucho. Es un comunista perdido, con decirle que en el pueblo le llamamos “el Stalin”.

Evaristo, me cayó mal. Su atuendo pretencioso en plan señorito andaluz y su engominado pelo, me causó repulsión. Su untuosidad pegajosa y su fofa mano, me dieron asco, pero era un vecino a tener en cuenta y procuré ser cortés. Le seguí un poco la corriente y le guié hasta la puerta, donde él, me tendió de nuevo su mano y una tarjeta de visita.

─ Aquí le dejo la dirección de mi negocio por si le apetece darse una vuelta. Le gustará seguro; tengo las mejores “azafatas” de la región y le harían trato de favor ─ dijo con ojos libidinosos.

Gordillo’s Club, leí con sorpresa en la tarjeta. ¡El individuo me daba la dirección de su “negocio”! Apenas me lo podía creer.

No tuve tiempo de más, pues a continuación, irrumpió “el Stalin”, que cogió mi mano con fuerza y me la estrechó enérgicamente.

─ No sé lo que le habrá dicho “el Burdeles” pero to es mentira ¿A que le ha dicho que no trate conmigo? ¡Es un “facha sinvergüenza”! Va de bueno y decente y en realidad es un guarro. Antes era más pobre que las ratas, pero montó el puticlub y ya se sabe…eso da mucho dinero. Yo soy pobre porque no me vendo. Estoy contra todo y contra todos; me llamo Celedonio Requejo, comunista de los de verdad, soy maoísta- estalinista, ya se lo digo to. Ahora, eso sí; cuando manden los míos… el puticlub me lo quedo yo. Es que… el único defecto que tengo, es que me gustan muchos las mujeres ¿Sabe usted?

─ ¿No está usted casado?─ le pregunté cortésmente.

─ Siiii, con “la Chelo”, y tengo nueve hijos; uno por año. Pero es que a la parienta la tengo siempre preñá, por eso tengo que buscar alivio en otros sitios…ya me entiende.

Ardua labor me esperaba, a tenor de la representación de fuerzas vivas, que me habían dado la bienvenida. Un poco preocupado, pregunté a Nicanora la conveniencia de evitar el trato con semejantes personajes, a lo que ella me respondió.

─ Ni se le ocurra don Aniceto, aunque usted no se lo crea, son los que mandan en el pueblo. Eso sí, evite hablar de política y cuando “la Chelo” le mande llamar para dar a luz, no se extrañe de encontrar un cuchillo debajo de la almohada; es costumbre en el pueblo hacerlo así, porque el dolor se parte en dos ¿sabe? Yo lo hice cuando parí a mi Nicanor y…funciona.

─ Lo que usted diga Nicanora, lo que usted diga ─ dije mientras me tomaba dos aspirina.

lunes, 17 de febrero de 2014

EL COMPLEJO DE EDIPO



El día que mi suegra, Pura, se murió, un hondo suspiro de alivio salió de mi pecho. Lo dejé escapar cuando Cosme, mi marido, no me miraba. Hubiera sido terrible que se diera cuenta de mi alegría en un momento como aquel. Nuestro matrimonio había sido un calvario por la presencia constante en nuestra vida, de la meticona de doña Pura, una madre chapada a la antigua que, había criado a su único hijo con un complejazo de Edipo de no te menees.  Lo que yo llevaba pasado, solo Dios lo sabe. Ni siquiera entiendo como aguanté tantos años a su lado.
─ Mi madre guisa mejor que tú. Sus albóndigas son insuperables y su ensaladilla rusa…ummmm ¡una delicia! Y las croquetas ¡Ay! las croquetas.  La camisa no está bien planchada, me has hecho dos marcas…. llama a mi madre para que te enseñe. Etc.
 

Siete años con el mismo sonsonete, siete años de aguantar las ganas de mandarle a él, y a su madre, a hacer puñetas y mira por donde, un día se queda dormida y ya no despierta. ¡Dios es justo!─ pensé dándole gracias.
Mi marido lloró a moco tendido durante un mes entero y le guardó luto muchos más, pero yo, me quedé en la gloria. Cuando Cosme se recuperó un poco, hubo que recoger las pertenencias de la difunta de su pisito y haciendo de tripas corazón, le ayudé en la tarea, más que nada, para evitar que me llenara la casa de trastos.
Pude conseguir que no se quedara con la ropa, ni los horrorosos muebles, pero no pude evitar que el retrato de doña Pura, presidiera a partir de aquel día mi salón. Estaba horrorosa; delgadita y arrugada como una pasa, vestida de negro, con su alto moñete y sus crueles ojillos que miraras desde donde miraras, siempre me miraba a mí. Cada vez que pasaba por delante, me daba un repelús y últimamente, se me había metido en la cabeza la idea de que el retrato movía los ojos. ¿Estaría volviéndome loca?

Mis sospechas se convirtieron en certeza cuando mi marido empezó a interrogarme cada día acerca de mis actividades de la jornada. El día que me quedé mirando el trasero del repartidor de butano con ojos admirativos, Cosme lo supo. ¿Y quién se lo había podido decir, si allí no estábamos más que el retrato y yo? Y el día que le puse albóndigas congeladas, harta de que me las comparara con las de la difunta, también lo supo.
─Que pasa contigo ¿no has tenido tiempo de preparar la comida y me pones congelados? Mi madre jamás hizo algo parecido.─ me dijo con la cara congestionada.
Un día, harta de que los ojos de la difunta me siguieran por toda la casa, tapé el cuadro con un trapo negro hasta que llegó Cosme. Bueno, pues lo supo. Él no sabía cómo decírmelo e intentó contar una historia increíble, pero yo sabía que mentía, pues el día que quise darle un beso delante del cuadro, se puso rojo como la grana y me esquivó. Y yo creo que hasta oí el gruñido de disgusto que emitía mi suegra, cada vez que yo le hacía a Cosme algún arrumaco.

¡Con que esas tenemos! No he tenido bastante con aguantarla en vida, sino que también voy a soportarla muerta. ¡De eso nada!
Intenté que mi marido le perdiera el miedo, pero no hubo forma. Él, no consentía besarme ni hacerme el amor en ningún rincón de la casa, salvo en el dormitorio y eso que, yo le provocaba a conciencia, poniéndome atrevidos picardías y adoptando posturitas incitantes, justo en el sofá del salón debajo del cuadro de su madre.
Después empecé a creer que la casa entera estaba embrujada. La almohada que teníamos en la cama, era de su madre y no hubo forma de disuadirle de que dejáramos de usarla. Era nuevecita, de visco látex,  pero no sé porque, me daba muy mal fario. Era como si hurgara en mi mente. ¡Porque vamos a ver! ¿Cómo puede explicarse, que mi marido supiera lo que yo pensaba, cuando hacíamos el amor? El día que estuve pensando en Richard Gere, la almohada se lo chivó.
─ ¿En quien pensabas anoche cuando…ya sabes?─ preguntó con retintín.
─ En ti mi amor ¿En quién iba a pensar? ─mentí descaradamente.
─Pues yo creo que estabas con Richard Gere…no sé por qué será.
─ ¡Bruja!─ insulté a la difunta con todas mis fuerzas─. Te vas a enterar de lo que soy capaz.


Decidí llamar a mi prima Celedonia que era vidente, para que me ayudara a desenmascarar a la difunta; todo a espaldas de Cosme, naturalmente. En cuanto ella entró en la casa un viento helado nos recorrió la espalda y eso, que era verano y el viejo transistor de doña Pura que estaba en una estantería, se puso a funcionar. Intenté apagarlo pero no pude y él solito, cambiaba de una emisora a otra, pero pusiera la que pusiera, siempre se oía la misma canción. “Donde estará mi carro” de Manolo Escobar, la preferida de mi suegra. Terminé estrellando el trasto, contra la pared.
La prima Celedonia me confirmó que el maléfico espíritu de la difunta, se había adueñado de la casa y que sería difícil acabar con él, salvo que hiciera desaparecer los objetos que le habían pertenecido. Entonces decidí darle un ultimátum a Cosme y toda campanuda, le insté a que escogiera; o yo, o los recuerdos de su madre.
Perdí, y él prefirió seguir con su retrato y su almohada y abandonarme a mí. Salió de mi casa con ambos bajo el brazo y una vez desaparecidos, la paz volvió a reinar en ella.  No lo sentí demasiado; la verdad. El butanero me había guiñado un ojo vario veces y pronto me subió algo más que el butano. Claro que, lo primero que le pregunté, es si tenía madre y si era hijo único.

─Tranquila Lola,  que mi madre vive en Almendralejo con mi hermana y no le gusta Madrid.

Debo decir que ahora beso a mi chico donde me apetece y los únicos ojos que me siguen en mi casa, son los suyos.
 
FIN
 

 

sábado, 7 de diciembre de 2013

CUENTO DE NAVIDAD

     MARÍA LA CASTAÑERA
 
Mi vecina María se jubiló a los 70 años, después de una vida llena de esfuerzo y visicitudes. Ella sola tuvo que criar a sus cuatro hijos y trabajar toda su vida desde que era niña, pero ¡por fin! le llegaba el ansiado retiro. Muy contenta me invitó a su casa para darme la buena nueva, e invitarme a un café.
 


 Image du Blog chezmanima.centerblog.net
María es una mujer especial; bondadosa y servicial. Siempre tiene una palabra amable y un cariñoso saludo para todo el mundo. En nuestro barrio todos la conocen porque ha regentado un puesto de chucherías y castañas asadas, toda su vida. El Ayuntamiento se lo concedió cuando quedó viuda.
¡Castañas asadas! ¡A la rica castaña calentita! Gritaba una y otra vez, para atraer a los transeúntes.
Image du Blog chezmanima.centerblog.net 

Todos acudíamos a comprar, pues las preparaba de una forma especial. Su género era el mejor y su simpatía y afabilidad atraían a los clientes. Todos queríamos a María.
Quedó viuda muy joven con sus cuatro hijos pequeños, pero ella trabajó duro para que nada les faltara. 
Los educó, les inculcó el afán por saber y el ansia de progresar, y Dios, premió tanto esfuerzo y tanto trabajo concediéndole unos hijos maravillosos y bien educados. Los cuatro estudiaron y se hicieron personas de provecho.
Ella sonreía orgullosa cada vez que hablaba de sus logros y todos la que la queremos, nos alegrábamos con ella.
Los cuatro encontraron trabajo, se casaron, tuvieron hijos y progresaron. Todo fue bien durante unos años en los cuales, todo parecía fácil. Había trabajo de sobra, todos los comercios buscaban personal, y la abundancia de ropa, comida,y coches nuevos y relucientes, cegaban nuestra vista, haciéndonos vivir el sueño de que éramos ricos.
Nuestros Gobernantes derrochaban el dinero alegremente en múltiples bobadas. Se hicieron obras y más obras. Unas eran necesarias; otras absurda y carentes de sentido.

Empezaron a llegar gran cantidad de inmigrantes atraídos por la oferta de empleo y por primera vez nuestra amiga pudo permitirse contratar a una persona para que la ayudara unas horas, y la descargara de tanto trabajo.

De pronto todos empezamos a oír algo sobre una "crisis" que se avecinaba y que al parecer, nuestros gobernantes tenían que atajar. La Oposición reprochaba al Gobierno la ocultación de dicha crisis. El Gobierno nos decía que era una falacia y que la economía estaba mejor que nunca etc.

Un día mi vecina me preguntó mi opinión y yo no supe que decirle. Ella estaba asustada por los incesantes rumores y temía por sus hijos; todos estaban endeudados con los bancos. Habían comprado sus casas contratando grandes hipotecas que tendrían que arrastrar durante cuarenta años.

La primera señal de alarma llegó cuando su hijo Carlos padre de una niña, fue despedido de su empresa de la noche a la mañana. Después le siguió Jorge, luego Ángela y por ultimo, Juan.
Aguantaron durante unos meses con el paro y algunos pequeños ahorros pero al final, fue María, su madre, la que acudió a socorrerles con sus ahorros.




 








Cuando estos se agotaron, ella ya no pudo seguir dándoles dinero; solo le quedaba su casa y sus pequeños ingresos. No obstante, preparaba todos los días la comida para que ellos al menos, pudieran comer caliente. 
Juan encontró algún trabajo esporádico como barrendero y camarero. Él, que había sido un economista brillante, de pronto, se vio barriendo las aceras de la calle. Carlos probó suerte en Alemania y allí sigue trabajando en lo que le ofrecen, separado de su mujer y de su hija que ahora viven con los padres de ella. Jorge y Ángela, han perdido sus casas y se han refugiado con sus familias, en la casa de María.
Mi vecina cobra 800 € de pensión y con ellos da de comer a sus hijos y nietos, ocho personas en total. Por primera vez he visto a María triste y sin ganas de vivir. Un día la vi con su carrito, en una larga fila delante de la Parroquia, para conseguir comida.
Mi alma se partió en dos cuando la observé, y por delicadeza hacia ella, fingí mirar para otro lado para que no viera que yo estaba al tanto de su penuria.


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A sus setenta y tres años María intentó que el Ayuntamiento le restituyera el permiso de explotación de su puesto de castañas, para intentar ganar algún dinero que aliviara su situación. Más el responsable de estos permisos ya no era el mismo que ella conocía, y ahora el puesto de María es regentado por un enchufado del actual preboste.
Mi amiga ha perdido la fe en los seres humanos, y llora amargamente, por el incierto futuro de sus maravillosos hijos. Esos hijos que ella crió con tanto esfuerzo y trabajo.
A nosotros sus amigos, nos duele sobremanera verla en esa situación y un día nos reunimos para hablar de ello, y ver de que forma la podríamos ayudar. Decidimos prescindir de los regalos navideños y emplear ese dinero en regalarle una hermosa cesta llena de cosas ricas, para que pueda celebrar la Nochebuena como ella se merece.
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La situación de esta familia nos ha hecho recapacitar y darnos cuenta de que no hay que ir a otros continentes para ayudar a la gente; lo podemos hacer aquí, en la gran ciudad, en nuestro barrio, en nuestro edificio....
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Por eso yo, al próximo Año Nuevo, solo le pido salud, trabajo, y esperanza para todos mis conciudadanos, y que nunca jamás, tengamos que vivir otra situación como esta.
 
 
FIN



domingo, 22 de septiembre de 2013

EL BURRO CATALÁN QUE SE CREÍA CABALLO


 


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Érase una vez un pequeño burro de carga lleno de mataduras y medio muerto de hambre, al que su cruel amo llamaba por el nombre de Josep. El pobre burrito era explotado sistemáticamente por aquel desaprensivo, que no dudaba en castigarle con un vergajo que se había preparado con una vara de sarmiento, cuando el agotado asno flaqueaba en su trabajo. El animal trabajaba de sol a sol y solo obtenía como recompensa una exigua ración de pienso. Extenuado y lleno de llagas purulentas, pasaba los días amargado, y sin tiempo ni siquiera para descansar. 
 



La avaricia de sus dueños era tal, que viendo las ganancias que su burro les proporcionaba cada día con su trabajo, le convencieron para que trabajara dos horas más para tener derecho a recibir su exigua ración de comida. Él, comentaba con otros burros en iguales condiciones que las suyas lo que sus propietarios le hacían, y trataba de convencerles de que eso era lo correcto. Es decir: era un burro esclavo y se comportaba cómo tal,  y al mismo tiempo, se sentía la mar de orgulloso de serlo.

Lo hacía entusiasmado, dándose mucha importancia y presumiendo de ello. Mientras tanto, sus avaros y malvados dueños engordaban cada día un poco más, y cada día se hacían más ricos. 
 


Viendo lo tonto e ignorante que era su burro, compraron otros cuantos espécimenes de la misma familia, para arar sus tierras y aumentar su fortuna. Cuando llegaron los nuevos burros les hicieron trabajar día y noche, mientras su hacienda iba creciendo y creciendo, hasta limites insospechados.

De repente un día, uno de los burros más viejos de nombre Pere se paró a pensar que aquella familia no era buena con ellos; todo lo contrario. Poco a poco su mente burril se dio cuenta de que en realidad eran explotados y matados de hambre y de sed. 
 



Un día especialmente duro, cuando cargaba sobre su lomo una descomunal piedra, le dijo al burro Josep.

─Mira chico: yo creo que esta gente es muy mala y nos está matando de trabajar. Deberíamos hacer alguna reivindicación laboral. ¿No te das cuenta de que todo lo que ganan es para ellos sin mejorar nuestras condiciones de vida? El burro Josep que era más bien tonto y además un pelota acusica, fue con el cuento a sus amos creyendo que estos se lo agradecerían. 
 
 
El tontorrón de Josep no contaba con la mala ralea de sus amos, y se quedó asombrado cuando estos le agradecieron el chivatazo, dándole como premio una pequeña zanahoria, y exijiéndole seguir trabajando y espiando a sus compañeros.
 
Mientras, los malvados explotadores de burros se reunieron muy preocupados y se dijeron. "Estos burros son muy tontos pero se están empezando a dar cuenta de que los matamos a trabajar".
Tenemos que hacer algo urgentemente. Entonces los avaros sinvergüenzas, Arturín de la Masía, Jordi Pujos y el ogro Polifemo Funqueras, junto con toda la mafia explotadora de burros, encargaron a unos expertos en manipulación mental, montar un tinglado lo suficientemente importante como para tenerles ocupados sus pequeños cerebros, y que no rechistaran. 
Después de largas deliberaciones y de gastarse en expertos el presupuesto de la comida de los burros, decidieron que había que convencer a los acémilas de que no eran burros, sino bellos caballos de raza. 



Que los burros de la comarca eran superiores al resto de los cuadrúpedos de las otras regiones, y que su forma de rebuznar era diferente. Que sus llagas y heridas no eran tal, que sus miserables vidas eran en realidad maravillosas, y así sucesivamente.

Sin pérdida de tiempo se pusieron manos a la obra y no contentos con lavarles su pequeño cerebro, les convencieron de que los causantes de todos sus males eran los habitantes de los pueblos vecinos. Lo hicieron tan a conciencia, que se inventaron una historia en la cual ellos eran los héroes, y todos los demás los villanos.

Y ahí siguen: Los burros más burros que nunca aún cuando ellos piensan que son bellos caballos, odiando a sus vecinos sin ningún motivo, lloriqueando todo el día cómo plañideras, y creyéndose superiores a todo bicho viviente. 



Mientras, los jefazos de la manada se ríen a mandíbula batiente, comen y engordan cada día un poco más, y ahítos de poder y de dinero, que se llevan con el mayor descaro a todos los paraísos fiscales conocidos, manipulan a la población de burros que cada día son un poquito más acémilas.



Conclusión: No se puede sacar nada de una cabeza vacía.
Dedicado a todos los cabezas huecas que creen que por nacer en un lugar o en otro, son superiores al resto de los mortales.
¡¡Mirar como me carcajeo de vosotros acémilas!!